sábado, 29 de abril de 2017

LA NIÑA DEL VESTIDO DE FLORES Y ZAPATOS DE CHAROL



Érase una vez una niña cuya felicidad dependía de los bienes materiales que poseía. Un día sus padres le regalaron un vestido de color blanco con flores rosadas bordadas y pétalos de color verde a juego con sus ojos esmeralda. Ella no tardó en estrenarlo y se lo puso para salir al jardín. De repente, comenzó a caer una fuerte lluvia que terminó convirtiendo su lindo vestido en un saco de barro. La niña muy entristecida comenzó a llorar, sin que el consuelo de sus padres pudiera evitarlo.

Al día siguiente, sus abuelos, tras enterarse de lo sucedido, le compraron unos zapatos de charol, que tanto gustaban a la pequeña. Ella, de nuevo, no tardó en ponérselos. Era domingo y tras salir de la iglesia se fue a jugar al parque con sus amigos como de costumbre. Allí, entre carreras, pequeños pisotones involuntarios y la arena, sus zapatos se convirtieron en algo similar al calzado de un campesino tras una época de cosecha. De nuevo, la tristeza invadió la vida de la niña y parecía no haber palabra, abrazo, sonrisa que pudiera transformar ese sentimiento.

Un mes más tarde, por su séptimo cumpleaños, los padres le realizaron una fiesta sorpresa en la que estaban invitados familiares y amigos, sus seres más queridos. Conforme iban llegando, le entregaban los regalos y sin ni siquiera dejar que terminaran las palabras de felicitación que acompañaban a los paquetes envueltos con papeles de colores y estampados preciosos, ella se disponía a abrirlos.

Cuando descubrió que en ninguno de ellos se encontraba aquello que ella más quería, un vestido blanco con flores rosadas y pétalos verdes y unos zapatos de charol nuevos, la pena invadió el corazón de la pequeña una vez más. Aun siendo un día de alegría y celebración.

Una amiga suya, al ver su rostro cambiar, se acercó a ella y le preguntó:

- ¿Por qué estás triste? ¿Acaso no se encuentran aquí hoy reunidas las personas a las que más quieres y te quieren?

- Sí, pero yo quería el vestido y unos zapatos de charol y nadie me los ha regalado, respondió ella mientras sollozaba.

- ¿Acaso no tienes una vista desde tu ventana a un prado que en primavera se transforma en un manto rosa con destellos verdes como tu vestido?

- Sí, pero yo quería el vestido.

- ¿No observas las estrellas que acompañan a la luna todas las noches y brillan como tus zapatos de charol?

- Sí, pero yo quería unos zapatos nuevos.

Tras una pausa, la niña le preguntó a su amiga: Oye, ¿por qué tú siempre estás tan feliz?, ¿qué tienes para estar siempre así?

Su amiga le contestó: Nada diferente a ti.

- ¡Imposible!, contestó la pequeña.

- ¡Sí, sí! Así es, tengo un corazón, unos ojos, unas manos, unos oídos, una boca, unas piernas…

- ¡Bah!, ¡qué tontería! Eso lo tienen todos. Dudo que ese sea el verdadero motivo de tu felicidad, añadió.

- Los ojos me permiten observar y disfrutar de la belleza de los campos, la naturaleza, los colores de las flores en primavera, las hojas en otoño… Las manos ayudar al que lo necesita. Los oídos escuchar a aquel que quiere compartir historias fabulosas. La boca para agradecer. El corazón, nuestro gran tesoro, para amar...

- Entonces, ¿quieres decir que yo también puedo ser feliz aquí y ahora?

- ¡Claro que sí! Solo tienes que escuchar tu corazón y estar atenta para disfrutar de los pequeños regalos que se te dan cada instante.

Desde aquel momento las palabras de su amiga la acompañaron cada día de su vida. Ya no volvió a ser nunca más la misma. Descubrió que el gran regalo es el amor que se nos da a través de las personas, la naturaleza, una palabra, una mano que se nos tiende para acompañarnos…

Comprendió que de qué le hubiera servido un vestido blanco con flores rosas y pétalos verdes y unos zapatos nuevos de charol, si se hubiese perdido a sí misma.

Desde aquel cumpleaños en el que se desveló el secreto de la vida, nunca más volvió a ser la tristeza protagonista de sus días sino el agradecimiento y la alegría por la vida.

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